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miércoles, 16 de marzo de 2016



Caro Fabio
María Jesús Mayoral Roche

El pasado 5 de marzo falleció Ray Tomlinson, el inventor del primer sistema de correo electrónico. El mundo, la humanidad y todos en general le debemos mucho a este hombre. Yo escribí la carta que viene a continuación en 1998, año en que registré Cuore Ingrato: es la carta que abre este libro de género epistolar (sin publicar). La escribí y no he cambiado de opinión, la verdad. De hecho, cuando quiero escribir algo importante, especial, siempre lo hago en papel; aunque luego lo tecleé en Word, por supuesto. Por ejemplo, cuando me encargaron que respondiese las Cartas Literarias a una mujer de Bécquer, este ejercicio literario lo hice en papel: la pantalla del ordenador no me inspiraba a la hora de contestar al poeta.
 
Retratos, frescos pompeyanos.
 (Museo Nacional Arquelógico de Nápoles)

Nápoles, 1 de septiembre de 1995

Caro Fabio:
        Me dices que prefieres el teléfono, el fax o el correo electrónico para ponernos en contacto. En nuestro caso, me niego a utilizar las nuevas formas de comunicación.
        Te mueves en el mundo creativo, pero el medio físico te domina. Demasiados cálculos para tus gigantescas esculturas, excesivas horas en tus diseños por ordenador, muchos números y teclados en tus manos te llevan a cambiar una imaginación natural por una imaginación virtual basada en la tecnología. A veces pienso que ese contacto directo con el mundo real es el que te hace sufrir, el que te deprime.
        A mí, por el contrario, el mundo de la imaginación y los pensamientos me dominan, me absorben. De niña era una soñadora con los pies en la tierra y de mayor sigo soñando, sólo que ahora no sé dónde tengo los pies. No importa, que la vida me lleve donde ella quiera. Ya conoces mi teoría del determinismo: tenemos señalado el camino y las circunstancias de la vida nos van llevando. Con esto no quiero decir que nos despreocupemos de nuestra existencia, conviene estar atentos a los avisos y no caer en errores imperdonables que puedan arrastrarnos a otros mayores: la vida es una trampa continua.
        Fabio, volvamos a la calidez del papel y a la fluidez de la tinta, ejercitemos la caligrafía en una era dominada por la informática.
        Sabes, que por lo general, argumento todas mis decisiones; intentaré defender mi postura. La llamada telefónica, cuando no se espera, puede resultar inoportuna y a veces intempestiva, sobre todo para los que llevamos una vida creativa y un tanto desordenada. Por el contrario, cuando se espera con ansia y se está pendiente de un teléfono que no suena, se pierde el tiempo y hasta la paciencia.
        El fax. Hablemos de la urgencia del fax, de los apremiantes avisos del fax, del insistente pitido del fax y de ese papel enrollado que cuelga del fax. En nuestro caso no es útil, no hay urgencia y lo que te cuento no me gusta que salga después de un pitido anunciador, pidiendo permiso a un dedo para que dé paso a mis letras y dejando a la vista un papel suspendido en espera de ser cortado: la verdad, me parece poco íntimo.
        El correo electrónico es una intromisión en mis horas de creación, un asalto a mano armada a la imaginación que pongo en juego ante la pantalla del ordenador. Sabes de sobra, que cuando estoy trabajando me molesta cualquier clase de interrupción y tú, en ese terreno, no eres una excepción.
        Lo siento Fabio, convéncete, pero el género epistolar es el más adecuado, es más íntimo, más elaborado, te exige dedicarme parte de un tiempo a la vez que rescatas tus perdidas dotes de redacción y escritura; además implica que compres sobres, sellos y busques un buzón.
        Los italianos estáis demasiado dados al “telefonino”, al “cellulare”, no sabéis vivir sin él, os gusta hablar demasiado y cualquier excusa es buena para recurrir a la telefonía móvil; es el mejor invento de los últimos tiempos, creo que lo hicieron pensando en vosotros. Por supuesto, no te daré mi número de teléfono, nadie lo tiene. He venido a Campania a trabajar en mi nuevo libro y para ello es preciso desconectarme de todo y todos. Necesito estar sola.
        Es gratificante abrir el buzón y encontrar una carta que puedas leer cuando lo estimes oportuno y releer cuantas veces quieras. Los nuevos avances no nos brindan la posibilidad de recreo en la escritura, de esa lectura a solas en un rincón. Las palabras por cable se las lleva el viento, mientras que las letras impresas permanecen e incluso puede atesorarse.
        Estos son los principales argumentos que me llevan a convencerte que, entre nosotros y dada nuestra particular historia, lo mejor es volver al género epistolar. Nuestro pacto será una carta diaria, no importa el número de hojas ni de líneas; el silencio deberá entenderse como protesta o enfado. Sé que me agradecerás este ejercicio que te pido, ante el papel rescatarás el olvido y esas cosillas que quedaron atrás dejarán de ser un lastre incómodo que arrastras sin darte cuenta.
        Desde que estoy en esta profesión he recuperado sensaciones y recuerdos perdidos. No olvides que el papel atempera y la tinta libera, quizá al principio te cueste un poco, descuida, te acabará gustando e incluso puede que los garabatos acaben atrapándote en el enredo de la caligrafía.
        Rebelémonos contra la premura de los nuevos tiempos que nos arrastran en espera de noticias, que por lo general no son importantes; pero que en su forma de llegar resultan muy sofisticadas. Los que se creen más modernos y prácticos, por el mero hecho de hacer uso de los nuevos artilugios, a menudo pierden el tiempo en otras tonterías. La moda y las nuevas tecnologías se imponen, es tanta la rapidez que nos condena a tener una existencia no vivida, que encima consentimos argumentado eficiencia o necesidad.
        Nosotros no caeremos en esa frivolidad, en esa trampa. Deleitémonos en lo que ya es una antigua usanza y no es otra cosa que hacer resbalar la tinta sobre el papel.
        Un bacio.

martes, 4 de agosto de 2015



De la pasión y la mentira
María Jesús Mayoral Roche



 
Nápoles, 11 de septiembre de 1995

        Caro Fabio:

        Hoy estoy triste, echo algo en falta y no sé… Me siento descolocada, algunas veces me pasa y suele ser cuando me asalta la duda, cuando algo me dice que la vida está pasando y no la siento, cuando pienso que llego tarde, que voy retrasada, que no puedo recuperar el tiempo y el que tengo se me está escapando.
        Sigue leyendo por favor, sé que te amedrenta esta clase de discurso. No te culpo, cuando pienso en voz alta aterrorizo a los de mi alrededor. Parece ser que el abatimiento no se hizo para mí. No te imagino con depresión, me decían mis compañeros de trabajo. Nadie está libre de nada.
        Ayer me llamó por teléfono un gran amigo, un espía que siempre me localiza e irrumpe en mi vida cuando le parece, un hombre que me enseñó a crecer y que se maneja magistralmente en el arte de algo que odio con todas mis fuerzas: la mentira. Reconozco que fue uno de los periodos más interesantes de mis años vividos en Madrid. Le transmití estos mismos pensamientos. Pues bien, curándose en salud, me recomendó que viviera una pasión. No me atreví a desvelarle mi opinión a este respecto, hubiese sido cruel por mi parte. Es curioso que hagan recomendaciones de este tipo los desafortunados en el amor, precisamente él, que consumó su única pasión en plena juventud sin más sentido que el de la inconsciencia: cuando la pasión perdura gracias a la fuerza de la costumbre es que se ha quedado en un recuerdo. Esa es la pasión de mi amigo: un recuerdo, una fotografía.
        Fabio, nadie está dispuesto a vivir su gran pasión, nadie quiere arriesgar: saben que la pasión muere o acaba matando. Sí, reconozco que tú fuiste mi pasión y que fue sublime: cuando conoces lo sublime no te conformas con menos. Nadie me alcanza, ni siquiera pueden seguirme, soy libre. Un águila: así me definiste una vez.
        Me encuentro en uno de esos cruces trascendentales, tengo que seguir adelante con mi novela y ni siquiera sé por dónde empezar. Siendo una vividora me siento morir. Deseo tocar fondo, necesito increparme y decirme: no eres capaz, no lo lograrás. El trance literario siempre se desata en mí de esta forma, a veces resulta doloroso: es algo que crece en el interior y no puedes detener sintiendo que te desborda.
Las ruinas de Pompeya han sido desde que las visité mi gran pasión y ahora me están matando. ¿Comprendes ahora lo de atreverse a vivir una pasión? Llueve, no cesa de llover. Mis amigos se ríen cuando digo que la lluvia ha marcado los momentos más importantes de mi vida, no deja de ser una casualidad. Quizá sea este el momento, ese momento que llevo esperando y hace que me sienta rezagada porque es él el que me está esperando. El tiempo pasa, los pensamientos se suceden y llegaré como sea. No puedo detener nada, no puedo volver atrás: el futuro es lo único que importa, me está esperando. Cuando llego a este punto de no retorno, pienso que sería mejor engañarme, justificarme; sin embargo no puedo, es tal la fuerza que me arrastra a la verdad, que aunque quisiera mentirme no podría, no sabría. La verdad, esa verdad que nadie quiere oír, esa verdad que aleja a los amigos, a los amantes; esa claridad que no contempla el ser humano cuando es arrastrado por la ignorancia y busca consuelo en la infelicidad de los demás hasta llegar a esa conformidad de masa que tanto gusta en estos tiempos. La pasión es la ejecución del sentir de uno mismo, de su verdad más íntima. ¿Comprendes ahora... el miedo de vivir una pasión?
Esta noche, me confortaré repasando mis vivencias y pensaré: todo lo que te rodea es mentira, vive tu verdad. Mañana cuando despierte será un gran día porque seguiré luchando, arañando la vida y dando lo mejor de mí.

        Baci.

De mi libro epistolar “Cuore Ingrato” (Sin publicar).

viernes, 30 de enero de 2015


Cuore Ingrato

María Jesús Mayoral Roche

 
Amalfi, 5 de septiembre de 1995

       Caro Fabio:

             Me castigas con tus silencios. Hace unos días que no sé nada de ti. Ese consejo, esa verdad desvelada te hirió, te molesta que te descubran. Lo siento, perdóname. No nos hagamos daño, dejemos los reproches a un lado, hablemos de lo intrascendente; si lo prefieres.
 
             Esta tarde me he perdido por las estrechas y empinadas calles de Amalfi hasta llegar al Duomo: es el más bello de todos los que he visto en esta parte de Italia, sin duda es el símbolo de su interesante pasado. He recorrido el puerto, el sol me acompañaba, el mar tenía su tonalidad más pura, estaba en calma. He pensado en ti, en aquella tarde en que nos conocimos, en el choque entre una obra barroca y la sencillez de su autor. Enseguida reconocí en ti una fuerza extraña, magnética, fiel reflejo de tus esculturas. Y tú, allí, en el centro, huyendo del protagonismo, mostrando tu trabajo fruto de una etapa experimental, mezcla de elementos, ideas y tecnología punta. La mano ejecutora de aquella belleza plástica me tendió una copa de vino que bebí bajo la intensidad de una mirada que se complacía en el deleite de lo que nos rodeaba, que no era otra cosa que tu obra. Encontrarme en tu mundo te sorprendió; tanta gente, tantos saludos y fotografías nos alejaba de toda posible comunicación.
             Actué como siempre: cuando una cosa me interesa la dejo a un lado. Me fui sin despedirme, sola. Un amigo se ofreció a acercarme hasta mi casa en su coche, pero preferí pasear; pasear por ese Madrid de largas calles salpicadas de faros bajo la oscuridad de una noche que me arropaba.
             Al llegar a casa, pensé, que aquella tarde se había presentado de manera intrascendente; alguien me había mandado una invitación para la exposición de un escultor italiano y necesitaba hacer algo diferente, fuera del mundo de las letras. No esperaba nada de aquella tarde, se trataba de evadirme en el tiempo a través de una muestra creativa diferente a la mía, lo necesitaba. Mentiría si ahora dijera que en aquel momento presagié un cambio importante en mi vida: la vida no cambia, nos lleva de un lado a otro.                      
             ¿Recuerdas? Tardamos varios meses en vernos, fue en la presentación de un libro. También parecía que iba a ser una tarde intrascendente. Según me confesaste después, tu mirada no se apartó ni un instante de mí a lo largo de un acto en el que un político, falto de brillantez en su monótono discurso, no consiguió vender su novela: su sola puesta en escena daba a entender que su libro carecía del mismo interés que él. Mientras las alabanzas del editor y el padrino caían sobre los congregados, como una fórmula protocolaria, ensalzando los rasgos humanos del autor para disimular el desconocimiento de una obra que no habían leído; pensé que los políticos resultan aburridos, insufribles y que se sustentan en las promesas electorales no cumplidas, porque si las cumpliesen dejarían de llamarse políticos.
              ¿A quién le interesa en estos tiempos una novela sobre la Guerra Civil Española escrita por un político? A los de siempre, a esos que les gusta recordar el fratricidio, la denuncia, hacer balance del salvajismo, rendir tributo a la cartilla de racionamiento y sacar provecho de la indignidad del ser humano, contando la vida de un desgraciado al que le tocó vivir aquella encarnizada guerra y sórdida posguerra. ¿Qué hacía allí? Yo, que siempre he odiado esa parte oscura de la historia contemporánea española, vergonzosa, resentida y sanguinaria.Sin querer, sin planteármelo, me encontraba en la presentación tediosa, poco ocurrente y carente de espontaneidad de un libro y lo que es peor, repasando esa parte de la historia que tengo atragantada en la memoria. Acudí al acto porque de nuevo necesitaba huir del mundo de las ideas,  llevaba días sin salir de casa y con el sueño cambiado: entrar en contacto con el mundo real, por lo general, hace que me impulse con más fuerza al campo de la imaginación. Aquella decisión, dado el aburrimiento del discurso, me pareció un fracaso.
             Después vino lo de siempre: bandejas de canapés, refrescos, hambre y gula tras ellos, siguiendo la estela del camarero digno que contempla con altivez cómo se lanzan los dedos sobre los montaditos. Dedos enjoyados, ladrones, siniestros y disimulados, escudados en sonrisas. Sonrisas de comisura arcaica, envidiosas, prepotentes, falsas. En el fragor de aquella superficialidad de apretones de manos, de abrazos huecos y sonrisas ficticias; me encontré con la sinceridad de tu mirada esperando que te reconociera, me alegre sin demostrarlo.  Comenzamos la charla, una charla interrumpida entre saludos y vanas palabras que deliberadamente querían robarnos la complicidad de nuestra conversación; pero nos fuimos y al emprender la huida ambos supimos que nos necesitábamos.
             Nada, absolutamente nada es lo que parece ser, ni siquiera lo intrascendente.

             Un bacio.

jueves, 3 de abril de 2014


La Muerte de Sancho Ramírez

María Jesús Mayoral Roche


Muralla de Carcasona
 1094 fue un año terrible, marcado por una gran hambruna que todavía permanece en el recuerdo de muchos. Los cristianos se veían obligados a recoger los trigos y las cebadas en las tierras de Huesca para posteriormente transportarlos al reino aragonés, lugar en el que escaseaban. Militarmente, Huesca estaba rodeada de tres murallas: dos de piedra y una de barro, con un total de noventa torres que la flanqueaban. Siete puertas abrían sus murallas de piedra: la de Siricata, de Lizana, Ferreas, Alquibla, Alpargán, Pétrea y de Montearagón.
         Sancho Ramírez, conocedor de la dificultad que entrañaba la toma de aquella plaza y con la paciencia que lo caracterizaba a la hora de planear una buena estrategia, fue quitando -a lo largo de su reinado- las tierras que rodeaban a la ciudad de Huesca hasta dejarla ahogada en sus propias murallas; para dominar el estrecho de Quinto (por el que pasaba el Flumen) y gobernar el Somontano oscense (país del aceite y del vino), edificó el castillo de Montearagón; por el sur, fortalezas como el Castellar o Alcubierre -en tierras del reino moro- dificultaban las líneas de comunicación en el territorio zaragozano.
         Ciertamente aquél fue un año horrible, lleno de sucesos y muertes, entre ellas la de la reina Felicia y su primogénito; nadie se paró a llorar por ella, tan sólo le dedicaron alguna que otra oración. No era madre de posibles reyes, pero la ironía del destino hizo que no sólo fuera madre de un rey sino de dos. Felicia se quedó consumida en su silencio, a la luz del velón y con el evangelario de filigrana de plata entre sus manos, en una de esas tardes oscuras y lluviosas en las que se entregaba a una espiritualidad llena de recuerdos legendarios.
         Alfonso no lloró la muerte de su madre. La presencia de ella en su recuerdo pesaba más que su eterna ausencia. Cuando recogió su evangelario de plata, el mismo que en lo sucesivo llevaría consigo a las batallas, prometió:
         - Sí madre, hemos sido los segundos en todo; pero prometo ser el primero y más leal de los servidores a Pedro: junto a mi padre y mi hermano seré un batallador a ultranza. Mi padre me lo ha enseñado, vos me lo habéis inculcado y el tiempo será testigo indiscutible de lo que ahora prometo. La historia, señora que rememora con exactitud el pasado, dará debida cuenta de mis hazañas.
          Al llegar la primavera de 1094, Sancho Ramírez se encontraba en el sitio de Huesca para trazar su plan estratégico con calma y detenimiento; con este propósito decidió afincarse una corta temporada en una almunia situada a orillas de la vía romana que venía de Lérida. Tal era la espiritualidad del rey y su Fe, que ponía nombres de santos a los lugares que marcaban las vías de acceso y salida del sitio militar con apoyo en el avance; su profunda religiosidad regía los actos más determinantes de su vida. Todo estaba previsto y dispuesto para dar el paso definitivo que le llevase al dominio de la ciudad de Huesca.
         Una fresca y clara mañana del mes de junio en la que todo era quietud, las águilas rasgaban el cielo en círculos haciendo gala de su imponente envergadura alada y el sol comenzaba a lanzar sus fuertes destellos primaverales; Sancho Ramírez para aprovechar la claridad del día, decidió recorrer las murallas de Huesca en compañía de algunos allegados de confianza para valorar su estado y hallar sus puntos más débiles. Viendo un fallo defensivo en un lienzo de la muralla, levantó el brazo derecho para señalar el lugar, y la escotadura de su loriga dejó al descubierto por un momento parte de su costado. Un musulmán avispado y diestro en el manejo del arco que estaba apostado en las murallas, observando con atención los sospechosos movimientos de los cristianos, aprovechó la magnífica ocasión que se le brindaba: sin dudar y sin encomendarse a nadie disparó una certera flecha que fue a clavarse en el costado del rey aragonés.
         El rey, herido de muerte, fue trasladado a su campamento. Tal era la entereza de su espíritu y la fortaleza de su cuerpo, que en plena agonía y para no desanimar a los suyos, disimuló cuanto pudo el dolor que le producía tan mortal herida. Mermado de facultades conforme el tiempo transcurría y sin nada que esperar, salvo la muerte, sacó fuerza de su propia debilidad e hizo llamar a los ricos hombres y caballeros que se encontraban junto a él para que fuesen testigos del juramento que iba a tomar de sus hijos, Pedro y Alfonso.
         - Ante Dios y los aquí presentes, quiero hijos míos, que me prometáis conquistar esta ciudad que se ha cobrado mi vida. Sigo los pasos de mi padre: morir en combate parece ser el triste sino de los reyes de Aragón. Recordad, Pedro, que vos sois el rey a partir de ahora y olvidad el abatido semblante de este otro rey que se muere; os exhorto a que rindáis y ganéis esta plaza. Dios os bendiga a todos.
         Pedro y Alfonso conteniendo la emoción de aquel adiós definitivo, con los rostros desencajados por el dolor, juraron que no cesarían en su empeño hasta que Huesca fuese ganada.
         Consolando él mismo a sus hijos y a los que allí estaban, tras dos penosos días de agonía y sufrimiento, el rey moría al atardecer de un 4 de junio de 1094. Contaba 51 años de edad y dejaba a su hijo, Pedro I, como tercer rey de la casa real aragonesa de los Ramírez.
         Alfonso envió una carta a su hermano Ramiro para comunicarle la triste muerte del rey; carta que le fue leída por el prior del monasterio.
     “Ramiro, mi querido hermano en el Señor:
 
                   Te escribo para comunicarte una mala noticia. Nuestro padre el rey, tras reconocer las murallas de Huesca, murió:  un saetero musulmán acabó con su vida. Su agonía fue la de un héroe, en ningún momento dio muestra de dolor o abatimiento, es más, nos alentó y nos tomó juramento para que ganemos esa plaza.
                   Te ruego reces por su alma y también por las nuestras, ya que en estos momentos se estremecen por la tristeza de un rey y padre que nos ha abandonado inesperadamente. Sé que la vida y la muerte está en manos del Creador, pero mi dolor en estos momentos es inmenso.
                   Recuérdanos a todos en tus oraciones.”

         Tras escuchar las tristes palabras del prior, el pequeño Ramiro se echó a llorar desconsoladamente. Había transcurrido muy poco tiempo desde que abandonó su hogar para ingresar en el monasterio y ya habían muerto sus padres; en aquellos momentos, mientras rescataba algunos recuerdos de su corto pasado, su semblante se tornaba tan desesperanzado como afligido. La paciente sencillez de su madre ante sus desatinos en los inicios de la vida y la seguridad de su padre ante sus contratiempos infantiles, se habían desvanecido para siempre, pero no estaba sólo: sus monjes estaban con él.
         Frotardo convenció al rey para que su hijo menor, Ramiro, ingresase en su monasterio con la seguridad de que el niño iría acompañado a San Ponce de Tomeras con una buena dote para su oblación: el astuto abad estaba en lo cierto. Pero Ramiro era ajeno a todo lo exterior y pese a la dura disciplina a la que eran sometidos los oblatos, echaba pocas cosas en falta: se encontraba bien en su nueva vida. El pequeño en ningún momento podía permanecer solo y mucho menos hablar con nadie; para los niños el silencio era más que una norma, el peor de los castigos. Lo prudente era cometer las menos faltas posibles, pues se pagaban con el látigo o el aislamiento.
 

domingo, 9 de febrero de 2014


BUSCO DE LOS SIGLOS LAS YA BORRADAS HUELLAS

María Jesús Mayoral Roche
Me encargaron que diera respuesta a las "Cartas literarias a una mujer" de Bécquer, ésta es una de ellas. Un poco de romanticismo no nos vendrá mal.



 
Perdona, amor, mi silente respuesta a tu evocadora ensoñación. La mujer, cuando el poeta la convierte en musa, se vuelve antojadiza y caprichosa; creyéndose tan admirada, se erige sobre un pedestal de vanidad cuan diosa voluptuosa de mirada esquiva y sonrisa maliciosa; imaginando ser una escultura griega digna de la alabanza de los hombres y de la envidia de las mujeres.
         ¿Recuerdas, amor? A propósito de declararme tu pasión por ella, te pregunté: “¿Qué es poesía?” Me respondiste titubeando: “La poesía es... “
         Yo adelanté la cabeza para escuchar mejor tus palabras. Mis cabellos caían a su antojo dejando sombrear mi frente, pendiendo de mi sien, rozando mi mejilla, hasta descansar en mi seno. Mis ojos, febriles, se reflejaban en los tuyos ahítos de una admiración ciega. Y entre mis labios, deliberadamente, dejé escapar esa atenta ingenuidad deseosa de arrancarte las palabras.
         Tú creíste, que aquella graciosa estampa mía era así de natural. No, amor. Debo confesarte que las mujeres sabemos componer bien nuestros encantos a la hora de seducir.
         Aquella pregunta te cogió por sorpresa, te quedaste sin saber qué decir, sin saber adonde mirar. Finalmente, volcaste toda la fuerza de tu mirada en la mía y exclamaste: “¡La poesía, la poesía eres tú!”
         Sí, me desilusionó aquella respuesta, pues la consideré más bien como un halago y no como la definición cabal, propia de un poeta.
         Yo deseaba saber lo que era la poesía para ti, porque deseaba pensar como tú, hablar de lo que tú hablabas, sentir como tú, penetrar en el santuario secreto de un poeta.
         Sí, debo decirte que lo he descubierto. Ahora eres tú quien palidece y deja escapar esta carta de tus manos. En ese interior repleto de tesoros y misterios, donde tu alma se complace y deleita, se levanta una fortaleza inexpugnable, tan infranqueable, que nadie puede acercarse siquiera a escalar su lienzo amurallado. Y yo, ingenua de mí, pretendía entrar donde se fraguan y revelan las ideas, donde el poeta consuma su más puro placer hasta amalgamar los sentidos y las formas, sin comprender, que ese universo estaba reservado únicamente a ti, por ser patrimonio exclusivo de tu poder creador.
         Sí, sembré la duda en ti y a cambio te regalé mi silencio. Tú proseguiste, algunos días después, intentando aunar las definiciones más innovadoras con las más clásicas. Sin embargo, a mí me seguía interesando tu opinión y no la de los demás: tener acceso a tu mundo, y no aprovechar la intimidad que me brindaba nuestras confidencias, hubiese hecho que me perdiera el momento mágico en que descubrí cómo el hechizo de tu palabra se transformaba en letra. En las letras que llenaron aquellas Cartas literarias que me dedicaste. ¿Recuerdas?
         Sí, amor. He decidido despertar de mi luctuoso letargo, salir de mi argentada crisálida sellada con fechas y letras a inglete, con el fin de hacerte llegar aquella respuesta que se rompió con un silencio, porque la separación nunca fue una amiga fiel de los amantes.
         ¡Ah, amor...! Me hablaste de literatura por satisfacer, más que nada, aquel capricho mío. Pero la curiosidad de las mujeres no se sacia sólo con bellas palabras, que ésas, bien sé, nunca te faltaron. La poesía y tus sentimientos eran una misma cosa: la poesía es el sentimiento y el sentimiento es la mujer. Así me lo expresabas. Y ésa era, precisamente, la parte que me tocaba a mí en todo aquello. No, no lo entendí. No quise entenderlo. Yo necesitaba otra cosa.
         Quería entrar en tu santuario interno, incluso me hubiese conformado con pisar su umbral, pero no tuve opción a ello. La poesía es en el hombre una cualidad puramente del espíritu; reside en su alma. Eso me decías y apostillabas: En la mujer la poesía está como encarnada en su ser. Finalmente me recomendaste: Deja esta carta, cierra tus ojos al mundo exterior que te rodea, vuélvelos a tu alma, presta atención a los confusos rumores que se elevan de ella, y acaso la comprenderás como yo. Ciertamente hice lo que dijiste y no oí nada.
         Recuerdo que tus palabras se convertían en una dulce cantinela para mis oídos, mientras, tu mirada me sumergía en un mundo de pensamientos que me parecía ser el tuyo. ¡Qué gratas y extrañas sensaciones me hiciste sentir, amor!
         Pese a todo continué, de manera infatigable, en la búsqueda de aquel santuario. Era como un eco que me llamaba y atraía de manera irremediable hacia algún lugar desconocido, sintiéndolo de una forma tan espiritual que me dejaba sin emociones.
         Leí todo cuanto escribiste e intenté buscar la clave a todo cuanto contabas. Lejos de hallar respuesta alguna, una maraña de confusión se adueñó de mis pensamientos sin saber hacia donde dirigirme. A veces, la misma obsesión es la que nos impide avanzar. Hojeé de nuevo “Cartas desde mi celda”, abrí el libro al azar y allí encontré la respuesta que tanto esperaba: Veruela. Ahí estaba el santuario que tan desesperadamente había estado buscando, ahí estaba la réplica exacta a tu santuario interior. ¡Qué extraña liberación aporta el descubrimiento de algo que, en cierta manera, te encadenó en vida! 
         Veruela fue para ti la inspiración, la salud, la calma en medio de la tempestad de tus pensamientos; allí creaste formas, despertaste a nuevas sensaciones, forjaste imágenes; allí ambos santuarios se abrazaron para crear incesantemente, sin dar tregua a las ideas, a los sentidos, que soliviantados, se apoderaban y crecían dentro de ti con toda la fuerza renovada de su poder creador.
         En ese vagar sinuoso en que mi  alma ahora se complace, perdiéndose en el rastro de tus días más vividos; sólo un único lugar parece detenerla, anclarla: Veruela.  Te siento aquí, amor, en este claustro réplica del cielo en la tierra que tú cruzaste cubierto de ortigas; te veo ahí, bajo los arcos ajedrezados, pasando tu índice, una y otra vez, por las inscripciones de la lápida ponderal. Me apoyo en el brocal, me asomo al pozo, y en sus viejas aguas tu rostro parece reverberar entre las mismas. Entro en la iglesia y todavía escucho tu respiración jadeante por la carrera de un anochecer apremiante: el crepúsculo, cubierto de intensas tonalidades que parecían diluirse sobre el Moncayo, te dejaba enardecido en el camino de la ermita; y era ese fresco atardecer, orquestado por el abaniqueo de las hojas de los árboles y los trinos dispersos de los pájaros, el que estimulaba tus sentidos hasta que, finalmente, la sombra de la noche desplegaba su manto para anunciarte que el sol había muerto una vez más.
         Ningún mortal podrá allanar jamás el templo de un poeta. Sin embargo he decidido encadenar mi alma a los muros de Veruela para vibrar entre sus piedras, y de esta manera, quizá, poder rescatar tus pasos, tu respiración... y así, tal vez llegue al mágico lugar donde se componen las ideas, tus ideas.
         Ahora mi deseo es convertirme en la evanescente sombra de este monasterio, en la estela eterna que recorra estos lugares, que acaricie estos rincones de los que tanto me hablaste y escribiste.